lunes, octubre 01, 2007

Mi encuentro con el poeta Roberto Sosa


El bus se estacionó frente a Emisoras Unidas, se vaciaba como una vejiga liberándose de sustancias con fétidos olores. Me gusta sentarme a la par de las ventajas para ir viendo humanos etiquetados con el nombre de hondureños, mis semejantes.

De pronto ingresó-si no me falla la memoria- al armatoste un señor de avanzada edad, llevaba puesta una “gorrita”, la mitad del rostro cubierto con barbas blancas; traía consigo un maletín que lo hacia lucir simpático. Nada del otro mundo. Parecía pesarle la mirada de sabiduría cansada en los ojos, al menos eso percibí en aquel momento. El señor tomó asiento a mi lado donde puede inspeccionarlo con la debida discreción.

Me pregunté:-¿Este no será el famoso Roberto Sosa? Se parece mucho a las pocas fotos que he visto del poeta. Compré varios de sus alabados poemarios que me sirvieron de introducción al mundo del verso escrito. Qué recuerdos.- El bus prosiguió su marcha lentamente excretando un concentrado humo maligno.

Luego de varios atisbos mi mente comenzó su ya clásico monólogo en medio de un espacio vacío y sordo: -Y si le pregunto quién es, si es Roberto Sosa, el poeta “progre” cuyas artesanías aún sigo admirando. ¿Y qué le digo después? Que yo también le doy al verso de vez en cuando, no por convicción como usted Don Robert -disculpe el exceso de confianza- sino por mera necesidad-.

La menté proseguía con sus maquinaciones, mientras, al otro lado de la realidad el bus se estacionaba en Plaza Miraflores donde el negocio prácticamente había terminado, mas no el recorrido. El señor sacó de su maletín un papel donde ¡Si! Parecían esbozos de versos escritos; no podía caber duda, debía tratarse del poeta; pero la mente andaba cavilando por el limbo y no toleraba que la sacasen del nirvana conjetural en que casi siempre suele meterse. Vicio.

-Don Robert, ¿Me puede dar su autógrafo?- (JA, JA, JA) Un pájaro pidiéndole plumas a otro pájaro. -Fíjese Don Robert, creo que somos colegas-no se ría, por favor-, pero de oficio, porque de eso se trata esto; somos como el albañil, el carpintero, la mujer que hace tortillas de madrugada. Es mejor así, sin cartón titular, para que no se nos suba los sumos a la cabeza, como ocurre con los abogados y los médicos.-

En efecto, la casa de la justicia está llena de encantadores de serpientes, me recuerda mis días de universitario. La bruma neurótica y femenina invadía el cuarto piso del 4A en la U. Al salir del redil académico la niebla gris se dispersaba dejándome ver una vida menos estresante, con mujeres de cobre, de alabastro, de roble y las bailarinas que practicaban en el teatro Padre Trino. Aquella pequeña bodegita improvisada en escenario para grandes eventos artísticos.-

-Qué decirle Don Robert, no comparto su visión política. Considero que debe surgir algo mucho mejor que este “paraíso” que nos ha montado los burgueses ahora, sin tener que pasar por sacrificados socialismos, ni izquierdas a los Robespierre. Mi espíritu individualista me mueve hacia una especie de teorema anarquizante que no se place con sabotear la utopía secular de los estatistas guapetones, ni mucho menos en magullar la propiedad ni el derecho privado, en pro de una demencia recentada y falaz. No me refiero al socialismo precisamente, sólo a un grupo de reaccionarios que piensa que podemos convivir pacíficamente sin nuestras leyes, sino con las de ellos.-

-Conocí a algunos de sus colegas de las letras, Don Robert, surgidos de ese nido de izquierdistas que es la Pedagógica. De pequeño conocí a Rodolfo Sorto -mejor que lo cuenten sus ex-alumnos-. Llegaba a la iglesia con camiseta, jeans requeteusados y sandalias a dedo pelado, mientras sus hermanos de comunidad Neocatecumenal iban bien trajeados al evento. Pero cuando los hermanos se vestían flojos, Sorto, el sulamito de barba mitológica, relucía con atuendos formales, según me cuentan. Bueno, no es reproche, la cosa hace gracia Don Robert, sé que esto de la revolución es algo más que llevarle la contraria al resto de la gente-.

-También de chico conocí al escritor Eduardo Bärh, todos los alumnos de la escuelita del profesorado lo queríamos porque nos enseñaba teatro, tenía ese don de profesor entusiasta que pocos posee en la actualidad, se daba a querer. Aunque me expulsó varias veces de los ensayos porque no me toleraba, ni me devolvió la Mafalda de Quino que le presté, y que no era ni mía-.

Habíamos ingresado a Miraflores, en la segunda parada el supuesto poeta se desinfectó de la letrina mecánica, por el día de hoy. En ese momento supe que no quería aceptar quien era aquel viejito en realidad, ni encararlo. Me daba miedo. Pero la sola presencia de Sosa fue suficiente para fortalecer mi espíritu. Intercambiar palabras con él habría sido contraproducente, conociendo mi bocota, desprovista casi siempre de prudencia y sapiencia.

No me muero por ser poeta de papel, tampoco quiero ser presentador de poemarios en robustos recitales, si mi trabajo es para repasar con los ojos y no con palabras. Me aburre e invade la pereza tan sólo con pensar en intercambiar milongas por meros aplausos-o abucheos-. No me calza, no se me antoja por ahora. Intento evadir la vanidad de ser literato de elite.

Bajé del mondongo metálico y me tiré, gustoso, un par de pedos bien floreados, a manera de relax; al caminar rumbo a casa pensé que mi destino como poeta era moderado, sabiendo que en el Neurocosmo estaba mi futuro por ahora. El papel puede esperar, puede que no llegué nunca, eso ya qué importa. Pero ser reconocido, al menos por un breve lapso de tiempo, sí importa, y no me refiero a recibir premios en concursos de poemas deportivos. En Honduras, el reconocimiento apuesta, tradicionalmente, por lo tangible, no por lo virtual. Si no se publica en papel, no se es escritor, ni poeta, ni nada que se le parezca. Basta con ser muy espantapájaros, muy hombre de hojalata, muy león cobarde para el ojo del lector común.

Don Robert, su presencia me hace sentir como alguien que no soy, palpita cierto orgullo en la profundad cerebral. Pretender saber que somos artesanos del mismo arte, sólo que usted supo ser más diestro, ayuda a bien vivir, ayudará algún día, a bien morir.

Que los viajes lo sigan manteniendo en pie.

Saludos.

11 comentarios:

Luis Amezaga dijo...

Delicioso paseo en bus. Cada parada en poetas hondureños, ha sido un ejercicio de lirismo. Internet es el papel que no se recicla. Si elige ese medio, o ese medio le elige a usted, muchos que nunca hubiéramos tenido la oportunidad de leerle en papel, sí podemos disfrutar de su visión poética de la vida, con pedorretas incluidas.

Al señor Sosa le mantienen en pie los versos y los viajes, pero algo influirá también la imponente señora con la que se deja ver en la foto.

David Morán dijo...

Me imagino que sí, amigo Mickel. la poeta Lina Zerón tiene lo suyo

Aquí expone su trayectoria

Saludos.

Ardegas dijo...

Mi libro favorito de Roberto Sosa es "Un Mundo para todos Dividido".

Ese también es el nombre de un album-homenaje con música agregada a los versos por un cantante argentino cuyo nombre no recuerdo en este momento. Escuché el cassette en el CRA de la UNAH. No le pude sacar copia por que me dijeron que había que pedir permiso al autor. Te lo recomiendo.

Sobre Lina Zerón: una mujer bella y culta es un tesoro.

David Morán dijo...

Ardegas:
"Un Mundo para todos Dividido" también es mi favorito. A ver si algún día puedo escuchar esos versos con música.

Los tesoros son difíciles de encontrar, y cuando los encuentras, casi siempre están en manos de quien no se los merece. Pero así es la vida.

Saludos.

El cuartoscuro dijo...

Hermoso reportaje , me encanto!!!

More Baker dijo...

"Intento evadir la vanidad de ser literato de elite." Este es un buen intento, pero el grueso de los escritores o quienes dicen serlo parecen destinados cargar con ese sino adverso. La vanidad es peligrosa. Para todo. Se necesita de mucho cuidado para que no nos infecte. No cree usted?
Saludos desde Venezuela!!!

David Morán dijo...

More Baker:
Estoy de acuerdo, hay que saber manejar ese factor emocional. Y por supuesto, el destino de un buen escritor casi siempre lo lleva a la cúspide elitista, aunque algunos alcancen tal gloria a nivel póstumo. El tiempo dirá quienes vuelan, quienes serán ángeles caídos.

La vanidad suele ser un estorbo para la creatividad literaria, al menos en mi caso.

Saludos.

More Baker dijo...

mmmmm, pero, no está la Literatura destinada a ser eternamente elitesca? ¿quiénes tienen acceso a ella? ¿quiénes la entienden? o mejor, ¿quiénes la disfrutan?
Vaya!!!

David Morán dijo...

More Baker:
No sé usted pero yo no me considero miembro de una elite en especial, a no ser que mi profesión lo sea en este país, pero déjeme dudarlo. Aún así puedo acceder a cierta literatura y disfrutar de la misma. Muchas personas en mi país están marginadas por factores económicos, sociales y culturales y no pueden ni siquiera pensar en leer un libro. Incluso muchos individuos con acceso a recursos literarios tampoco lo hacen.

Por otro lado, conozco gente con escasos recursos económicos que compran libros de segunda mano, con polilla incluida, que disfrutan de una buena obra literaria. Por tanto, creo que la literatura no solamente está restringida a los ojos de alguna elite en especial; puede ser lo opuesto, mucha de ella va dirigida a personas que no forman parte de ningún grupo de poder o influencia locales. Las obras del escritor Ramón Amaya Amador y Roberto Castillo son el ejemplo de lo que digo en Honduras.

Saludos.

Anónimo dijo...

Yo también admiro al gran poeta Roberto Sosa de quien tengo una foto con la poeta mexicana Lina Zerón en el Festival I de Granada, Nicaragua. Por cierto, en ese festival me aprendí un poema de Lina Zerón: Vivo en un país tan grande que todo queda lejos/La educación/la comida/la vivienda/. Tan extenso es mi país/que la justicia no alcanza para todos.

Con toda admiración al poeta Sosa

Rodrigo Salazur

zaira cabrera dijo...

Qué buena historia! Sabes? A mí también me paso lo mismo con él, hace algún tiempito tome un bus que iba para la Ciudad de Yoro Yoro, tuve el agrado de encontrármelo, lastimosamente no le pude pedir un autógrafo, pero el gusto que me quedó fue que ese viaje fue muy placentero y me sentí muy orgullosa de ir con mi paisano.