domingo, diciembre 11, 2005

Desmontando el reloj para no despertar las herramientas


Después de una larga ausencia me relajo un poco escribiendo el presente post, lo hago bien para no perder la costumbre -o el vicio si se le quiere ver así- o para recordarme que presumo ser un seudo-poeta-escritor surgido de la pura necesidad de escribir papadas. Así, tan tranquilo, como quien se fuma un cigarrillo o toma su trago predilecto, me diluyo en estas letras, ecos difusos de mi razón cerebral, escondida quien sabe donde, quizá al otro lado del lóbulo frontal, lejos de la conciencia.

Pongo las excusas de siempre para justificar el vacío, un vacío invisible que, dicho sea de paso, es fácil de encontrarle un chicle de relleno. Pero, como siempre, tanto el tiempo como el trabajo, herramientas indispensables del hombre moderno, son los primeros en contraer la culpa, precisamente porque dichos talentos llevan tras de sí el ánimo de saber lucrarse para el bienestar de la tripa. No obstante, el producto residual, que se hace presente al resbalar el sol por la orilla del horizonte, es nada menos que la fatiga, esa insidiosa carga que dejo caer todos lo días –y los del resto de mi vida- en una cómoda cama. Así, a lo bruto, evitando cualquier miramiento.

Hoy en día abunda la gente que comienza a disfrutar el día a partir de las 5:00 p.m., luego de haber marcado la tarjeta de salida o el registro digital, para luego abandonar la maquila, la fábrica o la estrecha oficina en la cual ha permanecido por espacio de ocho horas, todo para recibir un salario de la patada, eso si le pagan. Digo esto por no decir que comienza a “vivir” de verdad luego de las cinco. ¡Diablos! Ya lo dije.

Bien explicaba Miguel Ángel Cornejo que hay que trabajar en lo que a uno le gusta, pues sacará mejor provecho. Otras palabras paralelas a estas las encontré en una canción de Facundo Cabral: “El hombre que trabaja en lo que no le gusta, aunque trabaje, será un desocupado”. Tales sentencias, lógica una, severa la otra, ocurren con frecuencia en mis alrededores. Especialmente en este país donde las oportunidades se vedan a las personas de escasos recursos, tanto en el sector público como en el privado.

Y no es que me queje de mi empleo y profesión, pues la psicología me gusta mucho, pero la vida del hombre moderno resta espacios para las letras y viceversa. Parece una balanza con pesos difíciles de equilibrar. Lógicamente, no es de extrañar que hoy se incline por un lado y mañana por el otro, dependiendo de los pesos que le pongamos ¿Quién pone los pesos en verdad?. Eso siempre y cuando la balanza no esté adulterada, como ocurre en algunos mercados de Tegucigalpa. Total, bien decía Jesucristo, nadie puede servir a dos señores, pues por complacer a uno se terminará decepcionando al otro. No se puede servir al mismo tiempo a la “literatura” o al estatus de hombre moderno. Definitivamente no.


O tal vez sí.

Saludos cordiales.

4 comentarios:

Irina Orellana dijo...

Bienvenido nuevamente David!

Hemos extranado tus posts...pero lo bueno es que ya estas de regreso!

¿Cómo crees que podriamos darle mas espacio a los amantes de las letras y el arte en Tegucigalpa?

Me enfoco en Tegucigalpa, porque por algo podriamos empezar. Si tienes ideas en las cuales podamos apoyarte, cuenta conmigo.

Saludos cordiales y que estés bien!

Claudia Vatia dijo...

Hola!!! Gracias por seguir visitandome, solo queria aclarar, porque no se si asi se entienda, que no todos los sueños son míos, cuando son los de alguien mas siempre traen sus blogs o sus referencias...

Ojala te animes y entierres unos cuantos!!!

Tambien me gusta entrar aqui a leer.

Clau.

LUIS AMÉZAGA dijo...

Trabajar es realizar una actividad útil por la cual la sociedad paga. Dentro de las diferentes cosas que a mí me gustan, ninguna es "útil", por lo tanto lo tengo difícil.

wilson dijo...

Lo que está claro es que le has perdido el miedo al papel en blanco. Fenomenal. Ya estás en la senda correcta.

Trabajar en lo que te gusta debe ser un gozo, pero antes hay discernir que esa actividad te gusta de verdad. Conozco tantas vocaciones perdidas que sospecho casi por costumbre.